Trabajar en banca no es una ganga

27 febrero, 2009

Los empleados de los bancos viven también la crisis bajo presión

A veces entre el cliente arruinado y el empleado hay una larga relación más allá de los negocios.  El fuego cruzado entre los bancos y la política pilla a los empleados en primera líneacuerdafloja.

El paro no es la única amenaza que se cierne sobre los empleados. La crisis puede hacerse sentir gravemente sobre la vida de los trabajadores aunque mantengan intacto su salario y su puesto. El paradigma de estas duras circunstancias bien puede ser encarnado ahora por los empleados de banca. Particularmente quienes trabajan en las oficinas, cara al público.

Baqueteados por la opinión pública y por el radical cambio de estrategia de sus empresas, ellos son quienes administran al pormenor el bien más escaso en estos días: el dinero. La Vanguardia ha hablado con algunos de ellos tratando de dibujar una cartografía de la corrosión del ambiente de trabajo. La cara amarga de la supervivencia en la crisis.

“En unos meses hemos pasado de dedicarnos a estrechar manos, repartir tarjetas y conceder créditos a controlar morosos, revisar las expectativas de los depósitos de nuestros clientes habituales y regalar cafeteras a cambio de que nos confíen un pasivo que se ha esfumado. “¿Cómo no vamos a estar deprimidos?”, resume José Miguel, delegado de Comisiones Obreras, en el comité de salud laboral de una de las principales entidades de ahorro españolas.

Durante los años de prosperidad, los cerca de 250.000 empleados del sector (bancos y cajas de ahorros) que hay España hicieron posible el cumplimiento de algunos sueños populares: la casa en propiedad, el coche fantástico, las vacaciones en el extranjero… Y dieron alas a empresas que crecieron a base de un crédito cimentado en la burbujeante solvencia. Francesc, empleado de una oficina de una entidad de ahorro en Girona, recuerda que hace sólo unos meses atrás “la gente no venía a pedir un crédito: venía a exigirlo”.oficinas

El fruto de aquella febril actividad crediticia son los presentes índices de endeudamiento: el 80% del producto interior bruto en el caso de los hogares españoles y el 120% en el caso de las empresas, según el informe que la Asociación Española de Banca rindió recientemente al Congreso de los Diputados. Las cosas han cambiado radicalmente de un tiempo a esta parte. Aunque algunas entidades han empezado a variar su estrategia, para la mayoría ahora toca rechazar nuevos créditos, devolver pagarés, exigir devoluciones y batirse por mantener la cuenta de resultados a toda costa. La orden viene de muy arriba.

“De un día a otro nos hemos convertido en meros transmisores de malas noticias”, relata Fernando, empleado barcelonés con 21 años de ejercicio en un banco de tamaño medio. “Nuestro margen de maniobra es mínimo. Hace poco tiempo, cuando una empresa te enviaba unos pagarés, los endosabas en una llamada. Ahora tienes que hablar con seis personas, y a menudo acabas rechazándolos”.

El conflicto es doble para estos empleados porque a menudo el cliente que endosa el pagaré es un tipo con el que han convivido casi a diario en los últimos años. Hay, por así decirlo, algo más que negocios, un largo historial de cortados pagados en la cafetería de al lado. “Nosotros tratamos de mantener un actitud profesional y el cliente también; pero es verdad que a veces cuesta y en ocasiones se pierden los nervios. Tengo algún compañero que ya ha sufrido alguna agresión”, explica Francesc.

La presión social no es menor. La política ha entrado como un elefante en una cacharrería poniendo en cuestión la estrategia de los bancos y arrastrando a la opinión pública. Los empleados de las más de 45.000 oficinas de bancos y cajas están en medio, a merced del fuego cruzado. “Es el efecto sandwich, presión por arriba y presión por abajo –diagnostica el profesor Simón L. Dolan del departamento de recursos humanos de Esade–. Una situación difícil que describe la complejidad del momento”.

Los trabajadores de banca registran unos índices de sindicación superiores a la media entre los empleados de cuello blanco. “Pero no significa necesariamente nada -advierte Ramon Alós, profesor de la Universitat Autònoma cuyo equipo se ha especializado en el análisis del comportamiento en el mundo del trabajo-. En momentos de crisis, la capacidad de los empleados para modificar sus condiciones es más limitada. Se impone el sálvese quien pueda. Y es evidente, además, que en los últimos años de crecimiento ese comportamiento social se ha acentuado”.

Ninguno de los trabajadores que han colaborado en la construcción de este artículo ha recibido instrucciones de sus empresas para combatir el desánimo. “Se nos pide profesionalidad”, relata Cristina, una delegada sindical de 32 años en una importante entidad de ahorro catalana. Pero no hay una estrategia contra el malestar. En un caso, el de una entidad de ahorro catalana, se han impartido cursos para abordar la cuestión de la morosidad. Un asunto que va creciendo en importancia a medida que la crisis gana profundidad. Nada más. “Nuestra terapia se hace a partir de las dos de la tarde cuando cerramos la oficina -cuenta Cristina-. Entonces hablamos de los casos más complicados. De lo que vemos que va mal porque lleva ya muchos meses en números rojos y no se recupera”.

La perspectiva que otorga la información es también otro asunto angustiante: “Ves un cliente, una empresa que entra en barrena. Es un proceso bastante rápido que tú sigues casi minuto a minuto. Un mes los números no cuadran y al siguiente ves que no remontan. Ves la situación en la oficina y esperas la llamada. Ellos piden, pero tú no tienes ninguna posibilidad de actuar. Ya no hay el margen de maniobra que teníamos hace sólo medio año, de modo que debes decírselo: se hunden -explica Francesc-. Con los autónomos es todavía peor, porque ellos siempre han ido justos, muy justos. Y ahora, en el peor momento, les dices que no”.

A medida que la crisis va ganando terreno los problemas crecen. “Hay un asunto del que no se quiere hablar mucho pero que preocupa a los trabajadores…: los atracos. Han aumentado. Cada vez que atacan una oficina nos reúnen a todos para mejorar la seguridad. El problema es que también se incrementa la ansiedad”, dice Cristina.

En este negro horizonte los trabajadores recurren a la voz de la experiencia, los empleados que ya hace años que trabajan en el banco y que recuerdan qué pasó en los años noventa e incluso en la dura crisis industrial de los setenta. “Tengo compañeros que hace años trabajaron en la ejecución de desahucios -relata Cati,empleada de una caja de ahorros- y lo recuerdan como una pesadilla”. Sin embargo, la memoria también puede ser un recurso escaso, particularmente en algunas entidades bancarias que han aprovechado los momentos de bonanza para aplicar amplios programas de prejubilación. “En muchas oficinas -explica Fernando- no hay un solo empleado que sepa qué es una crisis”. Saben qué es el riesgo pero no la pérdida.no_es_una_ganga-1

“Ahora tengo un caso -explica Cristina- que no me puedo quitar de la cabeza. Una pareja joven con una hipoteca que iban liquidando sin problemas. Ampliaron el crédito para reformar la cocina y el lavabo. Ahora ella se ha quedado en paro y no les alcanza. Podrían acogerse a los beneficios del plan del Gobierno para suavizar sus hipotecas pero… su crédito ahora está vinculado a las reformas que hicieron en el piso, de modo que no se pueden acoger. Pueden perder el piso. Me cuesta conciliar el sueño”.

Jaume V. Aroca

 Consulta este artículo en la Vanguardia
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22 febrero, 2009

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